Extrañamente, en el año 2012 conocí a una persona con la que inicialmente decidí emprender un proyecto empresarial. Con el tiempo, esa relación profesional se transformó en una profunda amistad.

Desde el comienzo, cuando éramos casi desconocidas, descubrimos que compartíamos valores fundamentales. Esos valores fortalecieron nuestros lazos, aunque nuestra relación no era perfecta y surgían diferencias de pensamiento, estos desafíos nos impulsaron a comprendernos mejor. En cada conversación, en cada reflexión, se evidenciaba un encuentro, como lo describirían Humberto Maturana y Ximena Dávila, donde el ser se encontraba en el hacer, gracias al lenguaje.

Nuestra Pyme, a la que cariñosamente llamámos “Vida Silfos” y luego le cambiamos el nombre a «Escuela de lo Esencial»  nos permitió compartir. Las reuniones de trabajo se transformaban en momentos de amistad sincera, de apoyo mutuo ante dificultades profesionales y personales. Recuerdo cómo en múltiples ocasiones, mi amiga Kia-ring me ayudó a negociar mi sueldo o a establecer límites en situaciones complicadas; a su vez, yo espero haber sido también su apoyo.

Una de las primeras veces que la conocí, fui a su casa y me recibió invitándome a tomar un un tecito verde, pero, sobre todo, haciéndome sentir como en mi propio hogar. Así, poco a poco, se instauró una tradición: yo la visitaba y me sentía tan cómoda en su casa como si fuera la mía.

Hubo momentos de conversación intensa, en los que, recordando anécdotas, entre risas y lágrimas, nos confesábamos lo que significaba la vida.

“Amiga, no sé qué decir de ti. Tengo pena porque te tocó irte muy pronto, con tantos proyectos en el corazón y tantas ideas en tu mente. La muerte llega de repente, la enfermedad arrebata la vida sin aviso. Quiero quedarme con tu sonrisa, con las tonteras que compartimos, con esa complicidad que nos hacía crear proyectos  juntas”.

Recuerdo también una de las últimas capacitaciones que realizamos. Yo estaba ansiosa, habiendo perdido el hábito de generar espacios de diálogo, mientras tú, con tu templanza, creabas un ambiente de calma y escucha, permitiendo que cada quien se expresara y se encontrara. Nos mirábamos, hablábamos con la mirada y tomábamos decisiones en un flujo silencioso que nos hacía complementarnos.

En tu proceso de recuperación, cuando aún luchabas contra el cáncer, dedicábamos diez minutos para imaginarte sana: tú en el hospital, yo desde mi casa, compartiendo a través del chat lo que cada una había visto. Te costaba verte a ti misma, pero yo siempre te veía. La primera visualización que tuve fue la imagen de tu regreso a casa.

Juntas compartíamos pensamientos bonitos y en una de las últimas visualizaciones, te lograste ver en el agua, abrazándote a ti misma. Fue en ese instante que comprendí que estabas a punto de partir.

Las personas que están al borde de la partida tienen sueños mágicos y momentos sublimes. Gracias, amiga, por compartir tus sueños conmigo. Nunca olvidaré cómo caían todas esas rosas blancas sobre ti, y  cómo todo a tu alrededor te hacía sentir paz y calma.

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