Esta es una pregunta que me he hecho muchas veces. Hay espacios laborales que me impactan profundamente, algunos por su buen trato, respeto y cuidado en el lenguaje; otros, en cambio, por la sobrecarga laboral y la tensión constante que se respira en el ambiente.
Hay una frase que me llama especialmente la atención, sobre todo cuando trabajo en organizaciones de carácter gubernamental: “Esto era para ayer.”
Una expresión que se repite con sorprendente frecuencia. Te lo piden hoy, pero te lo advierten como si ya estuvieras atrasado desde antes de empezar.
¿Qué ocurre cuando preguntamos a las personas cómo se sienten en estos contextos? No es sorpresa que muchas se sientan presionadas, abrumadas, e incluso confundidas respecto a cómo gestionar sus tareas o dónde situarlas dentro de sus prioridades.
El paradigma clásico de la gestión del tiempo «importante y urgente», «urgente pero no importante», «no urgente pero importante», y «ni urgente ni importante», termina colapsando frente a este tipo de lenguaje. Todo parece urgente. Todo parece vital. Todo es para “ayer”.
Y en medio de esta vorágine de requerimientos, especialmente en organizaciones técnicas que exigen alta precisión y eficiencia, también se instala un tipo de lenguaje que termina moldeando la forma en que trabajamos… y cómo nos sentimos.

¿De dónde nació esta frase, sobre todo en instituciones públicas?
¿Por qué la usamos?
¿Por qué la seguimos replicando si claramente genera malestar?
Llevo años trabajando en procesos de capacitación laboral, y desde el primer día que puse un pie en una institución pública, escuché esa frase. Lo curioso es que, cuando converso con los propios trabajadores y trabajadoras, me dicen que no les gusta, que les genera presión y malestar. Aun así, ahí está: instalada, repetida, como si fuera parte del ADN institucional.
Entonces, vuelvo a la pregunta:
¿Por qué hablamos como hablamos en las organizaciones?
¿Será esta forma de comunicarnos una tradición organizacional?
Y si lo es, cabe una reflexión más profunda:
¿Qué impacto tiene esa tradición en el sistema nervioso de la institución?
¿Qué efectos tiene en nuestra salud emocional, en la manera en que nos relacionamos, en nuestra motivación y capacidad de creación?
Son preguntas necesarias si queremos transformar no sólo las prácticas laborales, sino también las culturas organizacionales en las que habitamos en el día a día.

