Hace algún tiempo, me vi enfrentada a una situación familiar sumamente delicada. Durante la época del COVID-19, mi madre luchaba contra el cáncer, y un día en cierta hora en específico, nos dimos cuenta de que ya no la podíamos acompañar en el proceso de su sanación, sino que ha morir. Esa revelación provocó en nosotros una sensación abrumadora: el reconocimiento de que estábamos dispuestos a compartir con ella hasta que abandonara su cuerpo para emprender viaje a lo desconocido.

En esa conversación, el pánico se apoderó de uno de nosotros. Este miembro de la familia, abrumado por la idea de no poder manejar el dolor ajeno, propuso internar a mi madre en un hospital, para que, de esa manera, se controlara su sufrimiento. Sin embargo, el resto de la familia insistió en mantenerla en casa y acompañarla en esos momentos finales, sabíamos que si la internabamos, era probable que muriera sola por el contexto sanitario que viviamos como sociedad. La tensión alcanzó su punto máximo cuando, en un arranque de desesperación, la persona que insistía en la hospitalización reaccionó de forma agresiva, abalanzándose sobre otro familiar para lanzar un golpe… Curiosamente este respondió con un abrazo, lo que hizo que quien había intentado agredir rompiera en llanto.

En ese instante, todos los miembros de la familia nos pusimos de pie y nos abrazamos. Miramos por unos instantes en silencio nuestra vida. Esta imagen nos llevó a reflexionar: ¿Qué emoción se oculta detrás de la rabia? Comprendimos que la rabia suele ser una respuesta instintiva que surge del miedo. A veces, el peligro es palpable, pero en otras ocasiones se manifiesta de forma intangible, como una amenaza psicológica. El cuerpo reacciona de manera física, como si realmente hubiese un agresor que enfrentar, cuando en el fondo lo que se experimenta es el temor a no ser capaces de manejar la situación.

Esa agresión fue una manifestación del temor profundo a no poder enfrentar la inminente pérdida. Sin embargo, el abrazo que siguió fue un bálsamo: rompió la coraza defensiva y ofreció la contención necesaria para aliviar esa pena y ese miedo subyacente. A través de las lágrimas, aprendimos a dejar ir y a transformar el vínculo terrenal en uno espiritual. En ese acto de resignificación, descubrimos que, a pesar de la inminente separación, el vínculo con mi madre perdurará en forma de amor y recuerdos.

Hoy, mi madre sigue con nosotros en espíritu, reafirmando que los lazos de amor trascienden la existencia física.

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