Durante estos años facilitando procesos de capacitación, he sido testigo de innumerables historias de los equipos de trabajo. Pero hay situaciones que marcan profundamente, porque trascienden cualquier planificación, teoría o expectativa. Una de ellas fue acompañar a un equipo de salud, a mirar su proceso luego de la devastación real de un incendio. Un fuego que no solo consumió la infraestructura de su consultorio médico en el año 2014, sino que también remeció sus certezas, su lugar de trabajo, su cotidiano… su refugio.
Nadie se prepara para algo así. Nadie imagina que, en medio de una jornada laboral, el fuego lo arrasará todo. Sin embargo, ahí estaban. Fueron testigos y protagonistas. Primero del desastre, y luego del proceso de reconstrucción. Lo que quedó en cenizas, lentamente, se fue transformando en algo más que estructuras: se convirtió en vínculo, en fuerza colectiva, en capacidad de sostenerse y sostener a otros.

Nadie puede predecir cuán fuertes pueden llegar a ser las personas. Nadie adivina cuánto amor duerme en el interior de un equipo humano hasta que una situación límite lo convoca a florecer. Es justamente en los momentos de mayor peligro, cuando lo humano está en juego, cuando la vida se tambalea, que emerge algo esencial: el amor. Ese que da sentido a lo que hacemos. Ese que convierte la impotencia en acción.
En ese contexto, facilitamos un proceso donde cada grupo fue invitado a definir la resiliencia desde su experiencia. Estas fueron sus definiciones:
- “Capacidad de adaptación, cuestionamiento y aceptación, logrando tolerar, perseverar y sanar situaciones difíciles de la vida.”
- “Capacidad de adaptarse a una situación inesperada o adversa a través de valores individuales o grupales en el tiempo, aportando experiencias de aprendizaje para la vida.”
Estas definiciones nacieron desde la vivencia, desde las miradas que se cruzaron en medio de la incertidumbre, desde el tener que volver a pararse para seguir adelante.
Tras este ejercicio cada persona compartió su experiencia en conversación grupal, articulando su relato con la definición colectiva de resiliencia.
Algunas voces resonaron con fuerza:
“Nos sentíamos impotentes porque la gente necesitaba mucha ayuda y lo único que podíamos hacer era escuchar. Ni siquiera sabíamos qué iba a pasar con nosotros. Había mucho desconcierto. Aun así, nuestras autoridades nos respaldaron: quienes no podían seguir, tuvieron la opción de retirarse.”
“Los pacientes querían ayuda inmediata, pero no teníamos nada.”
“Yo transformé mi impotencia en acción. Soy asistente social, así que me concentré en estar más presente, en ayudar con los trámites. Todos hicimos lo mismo.”
“Acá el trabajo en equipo siempre ha sido bueno, con jefe o sin jefe, sabemos lo que hay que hacer.”
“Ver a mis compañeros, que vivieron el incendio directamente, surgir con tanta fe y energía… Me sentí pequeña, pero profundamente orgullosa. Ellos me enseñaron lo que es el coraje y la entereza.”
Este espacio de reflexión colectiva permitió identificar que, a pesar de la crisis, hubo algo que los ayudó a volver a empezar. Pero para profundizar, se les invitó a pensar:
- ¿Cómo han vivido hasta ahora la reconstrucción de su cultura organizacional?
- ¿Qué valores humanos han necesitado para recuperar el consultorio en su rol social y comunitario?
- ¿Qué han necesitado como personas para seguir adelante?

Sus respuestas apuntaron a la solidaridad, la empatía, el compromiso comunitario, y el amor por el oficio. Volver a empezar no fue sólo reconstruir paredes: fue reconstruir la comunidad.
Este proceso nos recuerda que en la adversidad se revela lo esencial. Que las crisis no solo destruyen, también despiertan el instinto de comunidad.
El fuego no pudo con ellos: los hizo más fuertes, más conscientes del poder que tienen, son un grupo que se cuida, que se respeta y se sostiene.
Dedicado al CESFAM las Cañas equipo 2014, Valparaíso, Chile.

